Guadalupe Loaeza / Con todo... - 18 de Junio de 2019 - Mural - Guadalajara - Noticias - VLEX 792499581

Guadalupe Loaeza / Con todo...

Autor:Guadalupe Loaeza
 
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"Como te ven te tratan...", solía decirme doña Lola constantemente. "Con razón los trataron tan mal...", exclamé al ver, con pena ajena, la fotografía, publicada en la cuenta de Twitter de Mario Delgado, de la delegación mexicana que asistió en esos días a Estados Unidos. El viernes 7, al séptimo piso del Departamento de Estado donde se encuentran las oficinas del responsable de la diplomacia del gobierno de Trump, los representantes del gabinete de Andrés Manuel López Obrador llegaron cinco minutos antes de la cita: el Secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard, y nuestra embajadora en Washington, Martha Bárcena. Del otro lado de la mesa se encontraban Pat Cipollone, el consejero jurídico de Trump; John Creamer, encargado de negocios en México; James McCament, número dos del Departamento de Seguridad Interna, y el embajador Michael McKinley, asesor del Secretario de Estado. Como dice Dolia Estévez en su espléndida crónica "de un secuestro" (SinEmbargo): "Iban decididos a exprimir a Ebrard para forzarlo a suscribir un tratado permanente de 'tercer país seguro'". Asimismo, nos enteramos que el encuentro había sido el tercero consecutivo de las negociaciones. En esta ocasión la reunión duró casi 12 horas, sin celulares, laptops ni aparatos electrónicos. Para colmo eran las 6:30 p.m. y ninguno de nuestros compatriotas había probado bocado más que unos cacahuatitos comprados en las máquinas de los pasillos. Después les mandaron sándwiches y ensaladas. He allí una bonita estrategia intimidatoria por parte de los gringos. No me sorprende. Como los vieron los trataron.

Si miramos con atención la fotografía de Delgado, vemos que la delegación mexicana se veía muy pobrecita, desaliñada y particularmente mal vestida. Empecemos por la embajadora Martha Bárcena. Vestida como estaba hagan de cuenta que iba al súper y que se vistió a la carrera. Llevaba un suetercito blanco con mangas remangadas que a leguas se veía, con todo respeto, que tenía muchas lavadas. Su vestido estampado azul y blanco no le favorecía en absoluto; la hacía ver sin un ápice de cintura. Su pelo, aplastadito y carente de un buen corte, se veía lavado en casa, no con shampoo, sino con jabón de tocador. Como único accesorio ese día, la embajadora se había puesto un collar de perlitas como los que venden en cualquier Duty Free. No, no, doña Martha no parecía Embajadora de México en Washington, más bien en la...

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