Juan Villoro / Misterio ruso - 29 de Julio de 2011 - Mural - Guadalajara - Noticias - VLEX 308349734

Juan Villoro / Misterio ruso

Autor:Juan Villoro
 
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En 1952 la Unión Soviética participó por primera vez en los Juegos Olímpicos y el mundo oyó el épico lamento de su himno, una poderosa sinfonía del deshielo.

Pertenezco a una generación que sólo veía rusos en las Olimpiadas. A partir de los juegos de Helsinki, corrió el rumor de que ciertos atletas aprovechaban la ocasión para quedarse en Occidente. No se trataba de medallistas famosos, sino de discretos lanzadores de disco en busca de libertad. Según esa leyenda, el Comité Olímpico Soviético ocultaba las fugas para no desprestigiarse.

La Unión Soviética ejercía la fascinación de un imperio secreto. Disponía de cohetes para destruir el mundo o poner en órbita a una perrita cosmonauta, pero sus habitantes sólo viajaban en pos de una medalla o por motivos de espionaje.

En el Distrito Federal, la Embajada de la URSS perfeccionaba este misterio. Aquella mansión en Tacubaya, con postigos verdes permanentemente cerrados, hacía pensar en una misión diplomática del más allá.

En 1966 la película Ahí vienen los rusos, de Norman Jewison, contribuyó a la moda de imaginar contactos con esos desconocidos y contó la historia de un submarino soviético que llega por error a Estados Unidos.

Dos años después se celebraron las Olimpiadas de México. Aunque la delegación soviética fue abucheada por la reciente invasión de Checoslovaquia, sus atletas cautivaron. El levantador de pesas Leonid Zhabotinsky se comió cinco melones en un desayuno, conquistó la medalla de oro y en la ceremonia de clausura sostuvo la bandera roja con una mano, como si se tratara de un palillo. Lo mejor fue la gimnasta Natasha Kuchinskaya, que saltaba para demostrar que la belleza causa vértigo.

Estas proezas fueron acompañadas de un rumor: algún ruso se quedaría en México. Las celebridades estaban rigurosamente vigiladas, pero un mediano corredor de fondo podía aprovechar un resquicio para huir.

En 1970 comencé a leer autores rusos y conocí a Carlos Serdán, fanático de Dostoievski que vivía en Villa Olímpica. Trabamos la instantánea fraternidad que sólo puede surgir en la adolescencia, cuando un equipo de futbol o un disco de rock determinan que alguien es magnífica persona. Carlos se identificaba con Ivan Karamazov, aprovechaba cualquier oportunidad para hacer apuestas, quería poner una bomba en La Catedral y había creado un método para escribir un libro en clave cuando lo metieran a la cárcel.

Según él, su departamento de Villa Olímpica había sido ocupado por atletas soviéticos. Uno...

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